Otra joven a la que los problemas le pesaron más que la vida. Otra chica harta de mantener el mismo conflicto interior de siempre. Ahora, su pupitre vacío destaca entre el de el resto de sus compañeros, semidesconocidos. La pregunta estaba en el aire, sin que nadie la hubiese pronunciado aún, y continuaría esperando a que alguien inexistente la resuelva.
¿Por qué?
Sólo ella lo llegó a saber realmente.
Pedir ayuda es fácil, el problema es cuando no lo haces porque simplemente crees no merecerla. ¿Para qué pedirla? Quiso dar fin a tantas palabras mudas, ahogadas por sí misma, que ardieron en su garganta.
Quiso dar fin a millones de pensamientos que retumbaban en su cabeza sin ton ni son, a todas horas, a cada momento, que la recordaban que nunca sería suficiente para nadie.
Estaba perdida desde el día en el que las lágrimas dejaron de brotar de las azules lunas que por ojos tenía, que tan tristes vagaban de un lado a otro de la ciudad en tardes oscuras de octubre.
Se perdió en su interior, aun siendo solamente ella quien lo conocía al completo. Qué triste que nadie llegase a hacerse un hueco en tan infranqueable muro.
Los pésames posteriores serían un mero trámite de hipocresía y falsedad.
¿Acaso dejaría de girar sin ella el mundo?
Ni siquiera la gente a la que llegó a incluir en la lista de personas a las que amaba notaría su ausencia.
Otro caso más en el Telediario. La gente oiría la noticia de fondo sin pararse a escucharla mientras comían con su familia perfecta y feliz, no recordarían a la chica que quiso dar muerte a sus inseguridades llevándose a su cuerpo por el camino. Simplemente seguirían con su vida feliz. Felicidad, qué lejana.
Los ruidos ensordecedores del tráfico se cernían sobre su oído. Vaya, otra tarde más por la que pasaba de puntillas, sin hacer nada de provecho, perdida en la tercera nube que se veía desde su ventana...
"Todos los puentes están enamorados de un suicida."
Ella aún estaba por encontrar el suyo...
Caminó al lado del borde, rozando con su dedo la barandilla. Estaba áspera, descascarillada. Había elegido uno de los puentes más antiguos de la ciudad. El que más tránsito de coches, más días, noches, veranos, navidades, otoños había visto. El que más vida vio escapar al fin y al cabo.
Imperfecto, próximo, el final certero.
La brisa acarició su lacio pelo.
Sus manos temblaban, sus pies parecían fundirse con el frío acero del borde de aquel puente.
Y aquella noche, un puente cayó prendado de una joven.
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