Supongamos que la vida es un coche en una carretera.
Cada uno de nosotros somos coches en nuestra propia vida, tomamos y dirigimos nuestro camino. De vez en cuando el paisaje se torna oscuro, aunque suele ser claro si todo trascurre con normalidad.
A veces desechamos personas en nuestra vida que aunque en un momento fueron positivas pero en el presente sólo traen cosas malas, comos si de atropellar una pequeña ardilla se tratara. Nos da pena, pero lo olvidamos rápido. Pero a veces pillamos un ciervo, por ejemplo. Es más grande y más bonito. Causa más daños, y cuesta más de olvidar. Las ardillas son como una buena amistad de corto plazo, y los ciervos como una duradera y real.
Otras, vemos pasar de refilón gente que ni siquiera entra en nuestra vida, de manera rápida, que no nos influye. El panadero de tu tienda habitual, o ese compañero de clase con el que sólo has cruzado palabras cuando necesitabas un folio. Son como árboles, están al borde de la carretera, sin formar parte de ella realmente, y normalmente vas tan rápido y ocupado en tu coche que ni siquiera te paras a fijarte en ellos.
Poca gente irá en el coche contigo a tu lado, por supuesto. Tú decides si quieres un coche mini para sólo dos personas, o una furgoneta. Decidas lo que decidas dolerá si alguien abandona el vehículo. Es lo que más suele doler, las pérdidas de la gente que comparte la vida contigo. Cuando alguien se baja del coche es duro, bien sea por su propia voluntad o no. Pero hay que aceptar que esto también pasa.
De esta forma, nosotros formamos parte de la carretera de otros. Somos elementos en ella. Estamos sentados en el coche de alguien, acompañándole, somos ardillas o ciervos que se cruzan, en el camino de otras personas, e incluso árboles en los que ni reparan.
Supongamos que la vida es un coche en una carretera... Sólo tú puedes elegir qué personas juegan cada rol de ella.
Entonces... ¿a quién quieres llevar contigo?
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