miércoles, 23 de octubre de 2013

" Dime que me odias pero dímelo mirándome a los ojos. "

Si hay algo corrosivo al máximo es la falsedad. Es lo más normal de este mundo por otra parte, pues todo el mundo ha tenido que ser falso de una forma u otra. ¿Quien no ha forzado una sonrisa alguna vez?
La falsedad vive con nosotros, está en nuestro día a día, es aceptada, está normalizada, es políticamente correcta. Tiene muchas formas y matices, te pueden mentir, criticar a la espalda, te la pueden jugar... Pero todo tipo de falsedad duele al ser descubierta. 
Aunque quizás la falsedad tenga una razón para existir. Un poco de ella no viene del todo mal, sirve para suavizar algo cierto pero doloroso. Es azúcar que te ayuda a digerir la verdad cruda. 
Tanto a la hora de decir como de escuchar algo, es más fácil asimilar las cosas dichas con un poco de tacto, porque diciendo un par de verdades se puede llegar a destruir el estado anímico de una persona hasta reducirlo a polvo. 
Muchas personas tratan de hacer esto en un afán por dejar a un lado sus defectos. Van por la vida juzgando, dando un valor excesivo a los defectos de los demás para negar así sus propias carencias personales. Muchas veces ellos son los que más necesitan que alguien venga y les ponga en su lugar recordándolos que la verdad duele, y que todos tenemos cosas malas.
Quizás las verdades a medias sean buenas al fin y al cabo, aunque a veces sólo impliquen dar rodeos sin llegar a zanjar la cuestión del todo
A veces, ir de frente es un sinónimo de hacer daño.

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